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Cuando recojo a mi hija del cole, solemos hacer el trayecto de vuelta a casa hablando de lo que ha hecho durante la jornada.
Me cuesta un poco hacer que arranque a contarme su día, aunque este curso se le notan muchas más ganas de hacerlo que el pasado, así que voy preguntándole poco a poco, de lo más general a lo  más concreto, desde qué tal le ha ido el día y qué tal se lo ha pasado, hasta que empiezo a entrar en detalle sobre las rutinas del cole (la asamblea, el juego por rincones, quién ha sido el “ayudante” de su profe, a qué ha jugado, con qué profes ha estado, qué había para comer, qué han llevado sus amigos para el almuerzo…)
De repente encuentra un tema que le interesa y… ¡¡crack!! Empieza a hablar de ello sin parar.
A ella le llama mucho la atención que sus compañeros falten a clase, que se pongan enfermos, que tengan que ir a algún sitio o se vayan de viaje. Esto último le fascina. Quizá porque para este pasado verano le habíamos prometido viajar a la playa con sus primos y finalmente hubo que cancelarlo todo y no pudimos ni salir de Madrid.
Bien, pues un día hace algunas semanas, se escuchó ese “crack” en el que se abre y te empieza a contar lo divino y lo humano y empezó a contarme que una de sus mejores amigas (tiene muchísimos mejores amigos a los que, día sí y día también planea invitar a dormir a casa) se va a Italia.
Todo discurrió entre el “¡¡qué suerte, se va de puente a Italia!! Yo quiero irme también, ¿y si nos metemos en su maleta? ¿Crees que cabríamos?”

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Photo by Jacob Morch on Pexels.com


Cuando su padre llegó de trabajar, por supuesto, le contamos toda la historia. Su padre, que es un enamorado de Italia (fue el destino de nuestro viaje de novios y ambos volvimos impresionados), estuvo contándole lo mucho que le gusta Italia, que a él le gustaría mucho ir, y que quizá algún día podríamos volver los cuatro juntos.
Poco a poco transcurrió la tarde, la hora de la cena, el baño, el momento de caos del pijama, el cuento… y como el bebé no se dormía a la teta, decidimos que yo le pasaba el bebé a él para dormirlo y yo me tumbaba con la mayor para hacer lo propio.
Y una vez que estuvimos tumbadas, ella abrazándome, sin luz, llegó este diálogo:

  • Mamá, ¿mañana iremos a Italia?
  • No, cariño, quizá algún día… Ir a Italia es muy caro, papá y mamá no tenemos tanto dinero. Te prometo que cuando tengamos dinero y podamos ahorrar, iremos los cuatro juntos a Italia de viaje.
  • No te preocupes mamá, yo sí tengo dinero. Os doy mi dinero y así ya podemos ir a Italia.

A mí se me partió el corazón entre el dolor de no poder darle lo que quisiera en cada momento y el orgullo de ver la niña en la que se está convirtiendo.
No es la primera vez que nos ofrece su dinero. Lo hace cada vez que le explicamos que algo no se puede comprar o que tenemos que esperar para tener algo.
Nosotros siempre hemos intentado educarla para que valore el dinero, pero también para que sea consciente de que es un bien muy difícil de ganar y para intentar que no comenta los mismos errores que hemos cometido nosotros.
Pero no solo el dinero, sino todas las cosas. Como padres, nos parece importante enseñar a cuidar las cosas y a respetar las pertenencias de los demás, así como sus decisiones.
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Por eso, nunca la hemos obligado a compartir.
Reconozco que me hace enfadar bastante cuando alguien le dice, a ella o al bebé, aquello tan típico de “trae aquí, que es mío”, “dámelo”, “¿por qué no me lo das? Pues si no me lo das, me pongo triste” (o su variante, “me enfado”). No digamos si directamente le quitan lo que tiene entre las manos…
No me gusta el consabido “hay que compartir”. ¿Seguro que hay que compartir? ¿Los adultos compartimos lo que es verdaderamente importante para nosotros siempre? Si alguien nos lo pide, ¿le damos confiadamente las llaves de nuestro coche o de nuestra casa, o nuestro móvil o, aún mejor, nuestra tarjeta de crédito?

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Sinceramente, no creo que obligar a los niños a compartir les ayude a aprender el valor de la generosidad. Y tampoco les ayuda a aprender a cuidar sus cosas ni las de las demás, ni mucho menos a respetar cuando el otro dice “no”.
Como decía, nosotros no obligamos a nuestros hijos a compartir. Si están jugando con sus cosas y otro niño las quiere, siempre les decimos que es mucho mejor jugar juntos que solos, que compartir puede ser muy divertido, pero que ella decide si quiere o no prestar sus cosas.
De la misma forma, cuando ella quiere usar las cosas de los demás, le explicamos una y otra vez que los demás son quienes deciden si le prestan sus cosas o no, que ellos son libres de decidir si quieren jugar juntos o no, y que si quiere jugar con otro niño, o utilizar sus cosas, primero debe pedírselo. Si accede, genial, y si no lo hace, lo debemos respetar.
No es una  enseñanza de un día, hay que explicarlo una y otra vez, incansablemente, pero a día de hoy, creo que empieza a dar sus frutos y estamos empezando a ver a una niña maravillosamente generosa, que valora las cosas y las decisiones de los demás y que disfruta compartiendo las suyas, aunque sean tan valiosas como el dinero (dinero que utiliza para darse caprichos como juguetes, disfrutar de juegos y atracciones y comprarse chuches -mal que me pese esto último-)
 
Y vosotros, ¿habéis utilizado alguna vez este recurso de no obligar a compartir? ¿Qué tal os va?
Si te ha gustado este artículo, déjame tus reflexiones en un comentario ¡y no te olvides de compartir!

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