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Los días torcidos. ¿Qué hacer cuando tu hijo tiene un mal día?

Los días torcidos. ¿Qué hacer cuando tu hijo tiene un mal día?

¿Sabes esos días en los que te levantas y parece que todo esté del revés? ¿Esos en los que piensas que quizá habría sido mejor no levantarse de la cama? Esos días son los días torcidos.

Tienes el día cruzado y cualquier cosa, por pequeña que parezca, vista desde fuera, se hace un mundo y es como una bomba a la que le han quitado la espita y está a punto de estallar.

Conoces de sobra esa sensación de que todo te vaya cayendo encima y tú cada vez estés más al borde del abismo. Es como si tu cabeza fuese una olla exprés silbando como loca y a punto de estallar. Yo también la conozco. Incluso, en esos momentos, resoplo y al hacerlo me sale una especie de silbido muy agudo. En ese momento, necesitas a alguien que retire la olla del fuego, en el momento exacto para evitar una tragedia.

Todos pasamos por esos momentos, tú y yo. Y, por supuesto, nuestros hijos también.

No hace falta que sean adolescentes, o que tengan problemas en el colegio.

Nuestros hijos pequeños, con sus problemas, que nosotros ya tenemos superados, también tienen días torcidos.

A veces sólo tiene que ocurrir que la camiseta que se quiere poner esté sucia, o que le hayas puesto leche para desayunar y prefiera fruta.

El verano, por ejemplo, es una época fantástica para los días torcidos. Parece que como no hay cole, ya no hay tantas obligaciones, todo se relaja… todo debería ser una balsa de aceite, ¿no?

Pues no. Que las rutinas se relajen significa que tu peque ya no sabe qué toca hacer en cada momento. Si los padres trabajamos, tendrá que seguir madrugando para ir a un campamento urbano, para quedarse con los abuelos… El cole se ha acabado, pero… eso no significa poder hacer todo lo que queremos… y por si todo esto fuera poco… el calor, que no ayuda nada. ¿Cómo no van a tener rabietas? ¡Si las tenemos los adultos!

¿Qué puedes hacer para ayudarle esos días?

Habrá días en los que nada pueda evitar que la olla termine estallando, por muy a tiempo que actúes. A veces no podemos remediar esos días torcidos. Y a veces es necesario que sea así, porque todas las emociones son válidas y hay momentos en los que hay que transitarlas.

Pero siempre puedes ayudar a tu hijo a que sea más sencillo hacerlo.

Uno de los recursos que mejor funcionan es tratar de adelantarte. En mi pueblo utilizamos un refrán para esto (en realidad tenemos refranes para casi todo):

Quién quita la piedra, quita el tropezón

Si ayer se puso su camiseta favorita y se lo pasó en grande jugando en el parque,  es posible que en cuanto la vea quiera ponérsela de nuevo. Si te anticipas y te aseguras de que no esté a su vista en el cubo de la ropa sucia, será más fácil evitar el conflicto. Puedes darle la opción de ponerse una camiseta del mismo color que su favorita u otra de un color diferente.

En el caso del desayuno, puedes anticiparte y prepararle un desayuno variado, con leche, fruta y pan con tomate. Así podrá elegir lo que le apetezca.

Aunque esto no te garantiza que el conflicto no surja. Igual prefiere la taza verde, o no le sirve sólo con que la camiseta que puede ponerse sea del mismo color que su favorita…

Sobre todo es importante explicarle. A veces pensamos que los bebés no pueden tener desbordes emocionales, que son muy pequeños y que no entienden… ¡claro que entienden! Y saben muy bien lo que quieren.

¡Claro que pueden! Y entonces, el día se complica para todos. ¿Cómo te sientes cuando te has adelantado a todo, cuando le has dado opciones, tenías todo preparado y no sólo no es lo que quiere… sino que no sabes qué es?

Enderezar la situación a veces depende de algo tan sencillo como tus manos. Utilizar tus manos para explicarle, para anticiparte. Uno de los mejores caminos es enseñarle a signar. Para que pueda decirte que quiere ponerse la camiseta roja o que quiere desayunar una zanahoria y un yogur.

Aunque a veces eso también falla. Porque no somos perfectas. Porque no siempre puedes controlar todas las variables. Porque también tenemos que permitirnos tener derecho a fallar y porque vivir todas las emociones es una oportunidad para aprender.

Como te decía antes, todas las emociones son válidas y es necesario transitarlas.

Pero entonces, en ese momento, cuando ya no puedes evitar que el desborde ocurra, puedes acompañarle. Puedes poner palabras y signos a sus sentimientos. Si te lo permite. Puedes preguntarle si necesita un abrazo, o un beso, o simplemente que estés cerca.

Y en esas veces en las que el cerebro no tiene capacidad para asumir el sonido de las palabras, puede que te baste con sentarte a su lado e intentar aprovechar una mirada suya para signarle un te quiero, para hacerle saber que estás ahí.

Quizá no logres reconducir el camino ese día, pero conseguirás ser la persona que tu hijo tiene cerca para aferrarse. Y eso lo recordará toda su vida.

¿Te gustaría aprender a signar y poder acompañar a tu hijo en sus días torcidos?

Suscríbete y serás la primera en enterarte de las próximas ediciones de Vente a Signar.

 

Si no quieres esperar, puedes comprar el curso en modalidad individual.

 

 

50 cosas sobre mí que seguro que no sabías

¡Hola!

Una de las cosas que más me cuestan en esta vida es “desnudarme” ante otras personas. A pesar de que suelo ser bastante transparente, lo cierto es que me cuesta arrancar a contar cosas sobre mí.

Pero creo que te mereces saber quién soy, qué es lo que me gusta… creo que mereces que me “desnude” y te cuente.

¿Te apetece saber más sobre mí?

Creo que ya sabes que mi nombre es Nazaret.

Nací un 22 de Marzo de 1981 en Madrid, donde sigo viviendo. Al principio en el barrio de Carabanchel, luego en Leganés y desde hace algunos años, en un pequeño pueblecito del sur. Así que con mis 38 años me encuentro a punto de entrar en los 40, que dicen que son los nuevos 30.

Lo cierto es que cumplir años no me preocupa excesivamente. Estoy muy agradecida por haber llegado hasta aquí, y sólo deseo poder seguir cumpliéndolos y disfrutando de mi familia muchos más, aunque me salgan canas y arrugas. La edad que pone en mi DNI no es un problema, es un triunfo, y puede que dentro de un rato entiendas por qué.

¿Cómo es mi familia?

Tengo pareja, y resulta ser un marido y padre maravilloso. Aunque tiene algunos defectos (como yo… bueno, en realidad seguro que muchos menos que yo), lo importante es que cada día se levanta con el propósito de mejorar y hacernos un poquito más felices. Creo que eso es lo que me sigue enamorando de él cada día. Y juntos, criamos a dos fierecillas indomables, admirables y puras. Dos terremotos que han puesto nuestra vida del revés. Tan del revés, que yo, que era de los de buscar un trabajo indefinido, con horario cerrado, de los de “para toda la vida”, aquí estoy, lanzándome a la aventura del emprendimiento y saliendo de mi zona de confort para buscar nuevos caminos.

También nos dedicamos a criar (y un poco aguantar, porque vaya bichos nos han tocado…) a un gato pardo, común europeo, que se cree perro y sale corriendo a traerte una pelota si se la tiras, un podenco que está como una regadera y al que día sí y día también “amenazo” con devolver al lugar de donde lo saqué (aunque la fuerza se me va por la boca y sólo necesita venir y echar todo su peso contra mí -menudo pedrusco está hecho…- para que me deshaga en caricias con él y se me olvide todo lo anterior) y una dulce mestiza de caniche o de vaya usted a saber qué, que también la lía parda cuando menos te lo esperas, pero que nos ha terminado robando el corazón.

Y en nuestro recuerdo, siempre Jara, la podenca más fiel, dulce y maravillosa que haya podido nacer nunca. Se fue demasiado pronto, pero seguro que está en algún lugar moviendo su rabito cuando pensamos en ella.

Aunque no lo parezca, porque en Las manos de Lala predomina el frambuesa, mi color favorito, en realidad, es el rojo. Me encanta lo que transmite: la pasión, la alegría, la explosión, la intensidad, la impulsividad… así soy yo… no podía representarme otro color.

Soy la pequeña de 4 hermanos. Y cuando digo la pequeña… es bastante pequeña, porque llegué de rebote, así que me llevo con ellos bastantes años… Uno de ellos tuvo que emprender un camino que no tiene retorno, y se fue con 21 años, de repente, una tarde de febrero. Quizá por eso febrero es el mes que menos me gusta y las tardes de domingo no son mis favoritas. Pero creo que me acompaña a cada momento y por eso agradezco a Dios cada nuevo día que me regala y cada uno de los 11 años que pude pasar a su lado. Si algún día me pongo muy pesada en que lo más seguro para tus hijos es viajar a contramarcha, no me lo tengas en cuenta, es que me hubiera gustado que él aquella tarde hubiera podido viajar así.

Tengo muchas cosas de recordar de mi infancia, pero sin duda una de las más divertidas eran los apodos que teníamos. Como dos de mis hermanos eran mellizos, nuestros motes eran personajes de Barrio Sesamo. ¿Y a que no sabes cómo me llamaban? ¡Tricki, el monstruo de las galletas! ¿Te imaginas por qué?

Mis costumbres y aficiones

Me da un poco de vergüenza confesar esto, pero la verdad es que el deporte no es lo mío. Eso sí, me gusta la piscina cosa mala, pero aprendí a nadar muy tarde, y en realidad no soy buena nadadora. ¡A mí lo que me gusta es remojarme el culo!

Pero eso no significa que no tenga hobbies: mi abuela me trasmitió el gusto por lo bien hecho y desde que ella me enseñó a bordar a punto de cruz, es una de mis aficiones favoritas (y de las que menos puedo cultivar). Por eso mi logo está hecho con puntos de cruz.

También me apasiona leer, y la historia. Combinar ambas pasiones ya es… ¡la caña! Pero he sustituido la historia por la literatura infantil (¡menudo filón!) y por las lecturas fuera de los libros. ¡Emprender absorbe!

Pero si hay algo que de verdad me emocione, eso es CANTAR. Así, con mayúsculas.

Yo en realidad quería dedicarme a la música, pero las circunstancias me llevaron por otros derroteros. Lo compenso cantando en un coro rociero que es mi segunda familia y con quienes ya he grabado ¡4 discos!. No puedo estar más orgullosa (y además, a veces, compongo, como lo que escuchas en el vídeo del enlace).

Pero aunque cantar me fascina, no canto en la ducha. No es que no me guste, ¡es que no me sale! Donde sí que me encanta cantar es en el coche. Si te cruzas conmigo alguna vez en un atasco y me ves dándolo todo como si estuviera en la gala de los Grammy, no te asustes. Estoy loca, pero está todo controlado.

Mi aspecto

Sobre mi aspecto personal, hace muchos años que me tiño el pelo (y lo que peor llevo de cumplir años son las canas, que aunque no lo parezca, hace tiempo que las peino). De adolescente era más atrevida y llegué a los tonos naranjas (¡uhhh!, el colmo del atrevimiento, ¿eh?), pero después me cansé de ser rubia, porque sí, aunque no lo parezca, yo de niña era rubia, y desde entonces navego por los mares de los tonos castaños. Lo que no me gusta nada es maquillarme. A ver, me encanta verme maquillada, sí, pero me da taaaaaanta pereza hacerlo… Si hay en la sala alguna maquilladora solidaria que quiera venir a mi casa todos los días y hacer feliz a una mujer, no lo dudes, ¡llámame!. Eso sí, para vosotras, para mis clientas, intento aparecer maquillada siempre que puedo. No necesito mucho: marcar los ojos, un poco de colorete y siempre, siempre, el morro rojo. ¡Bien de rojo!.

Con las cremas me pasa lo mismo que con el maquillaje. Me da taaaanta pereza usarlas… que me las puedo comprar, pero probablemente terminen en la basura sin haberlas usado más de una vez. Así que ya no las compro.

Y la parte que más me gusta de mi cuerpo son mis ojos y mi boca.

Pero es que tampoco me apasiona llevar bolso. Sí, me encantan los bolsos, sobre todo los clutch (si es que me encanta la moda… no lo puedo evitar), pero llevarlo… mira, yo no sé qué hacer con él. Colgado, me hace daño, en bandolera, más. Y en la mano… ¿qué se hace con un bolso en la mano?

Las veces que lo uso, puedes encontrar en él… de todo. Cuanto más grande el bolso, más cosas. No es que me guste llevarlas, es que me olvido de sacarlas: puedes encontrar la cartera, la agenda, maquillaje (y eso que no me gusta maquillarme…), cepillo de dientes y del pelo, llaves hasta de las puertas del cielo, y papeles, miles de millones de papeles. Eso sí, ten por seguro que cuando necesite un cleenex… fijo que no habrá ninguno.

Mis gustos

Una de las cosas que me relajan es conducir. Aunque seguramente me verás despotricando y haciéndome cruces de las pirulas de otros. Pero me relaja. Te lo prometo. Y me oriento muy bien, no suelo tener problemas. Eso sí, con la maternidad tengo el foco en otro sitio y digamos que me despisto. Así que mi mejor amigo es Waze, que me trae y me lleva hasta el infinito y más allá.

Lo que más miedo me da en este mundo (y parte del extranjero) son las arañas. No las soporto, no puedo con ellas, por más pequeñas que sean, me dan un pánico atroz. Si ves alguna, por favor, ni me lo digas. Mátala antes de que la vea y me de un jamacuco. Te estaré eternamente agradecida.

Y si me preguntas por un lugar en el mundo, te diré dos: uno es Italia (sí, cualquier parte de Italia. Te diría la Toscana, pero es que descubrí Venecia y me perdí. Y me volví a perder en los lagos de Como, y no volví a recuperarme después de la Catedral de Siena…). El otro está aquí, no muy lejos, y es mi pueblo, Chiclana de Segura. Búscalo. O mejor aún, planifica una escapada y ve. Te aseguro que no te vas a arrepentir.

Salir de compras no me gusta tanto como gastar (qué le voy a hacer, soy una multimillonaria encerrada dentro de un cuerpo de… de un cuerpo escándalo). Y en ropa casi prefiero los pantalones. Aunque tampoco le digo que no a algunas faldas.

Y entre pijama y camisón, lo siento, pero me quedo con el pijama. Es que yo me tengo que dar la vuelta a gusto en la cama, y el camisón no me deja. Mira que mi madre hace camisones de ensueño (de hecho, colaboró en los inicios de Oh qué Luna y yo, que era una canija, tuve el privilegio de tocar el piano de su creadora, la Sra. San Miguel, o más bien de aporrearlo).

Y cuando digo de ensueño, es que son de caerte muerta. Desde aquí hago un llamamiento a que si quieres un camisón artesanal, te lo pienses, porque llevo décadas pensando que se merece venderlos.

Entre invierno y verano… pues según cuándo me preguntes. En invierno te diré que estoy hasta el moño del frío y en verano que me estoy cociendo viva. A mí lo que me gusta es la primavera… con sus flores, sus ferias, sus romerías… pero si tengo que elegir, llévame a la playa y déjame perderme en el murmullo de las olas al calorcito de los atardeceres de verano. Creo que de aquí ya puedes deducir que el mar me atrae irresistiblemente. Y aunque cuando voy a mi pueblo se me llenan los ojos con la montaña (la tenemos tan cerquita…), el mar es mi perdición.

¿Sabes? Hace poco tuve que hacer un ejercicio que consistía en meditar qué haría con mi tiempo si me quedasen 10 meses de vida. Y creo que sería lo mismo que quiero hacer cuando me jubile: tener una casa, con un jardín en el que perderme (y si tiene olivos, mejor que mejor), donde pueda jugar con mis hijos (bueno, cuando me jubile ya, con mis nietos, si es que ellos quieren tener hijos), con un buen libro, con mis perros, disfrutando de la naturaleza y de la calma. Y si puede ser, que esté en Chiclana de Segura, o quizá en Huelva, a orillas del océano. Pero quiero dedicarme a disfrutar y a cantar.

Mi primer empleo fue en un Vips (sí, la cadena de hostelería). Pero me duró sólo 10 días porque no había buen ambiente entre los compañeros y decidí dejarlo. Era más importante mi salud mental. Entonces hacía el turno de tarde y algunos días cerraba de madrugada. Ahora me levanto a las cinco y media para ir a la oficina de mi trabajo por cuenta ajena (y ojalá dentro de no demasiado tiempo pueda ser yo quien elija la hora a la que me levanto).

Tengo dos películas favoritas. Una es La princesa prometida (“soy Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir). Sí, soy una romántica empedernida (pero no se lo digas a nadie, no me gusta confesarlo). La otra es Lo que el viento se llevó. Siempre he querido ser una Scarlett O’Hara y tener esa fuerza y esa determinación. Bueno, luego están Brad Pitt y Leyendas de pasión, pero esa es otra historia…

La tecnología

Últimamente estoy quizá algo enganchada a las redes sociales, aunque también es cierto que aún me dan mucho respeto… no termino de acostumbrarme a estar siempre en ese escaparate. Pero por trabajo las tengo que utilizar mucho, así que poco a poco tengo que conocerlas y utilizarlas. Donde me encuentro más a gusto es en Facebook, aunque, bueno, estoy empezando a ver Instagram con otros ojos. Y soy muy de Whatsapp, pero por trabajo, la verdad es que estoy muy acostumbrada al correo electrónico, y a la vez me hace sentir libre y esclava (nadie dijo que estuviera muy cuerda).

Lo que menos me gusta es hablar por teléfono. Quizá porque llevo más de 11 años haciéndolo a diario. Me cuesta llamar por teléfono, lo reconozco y si puedo, tiro de Whatsapp para lo que sea. Puede que a quien más llame sea a mi madre, aunque desde luego, no es todo lo que debería (y eso que me encanta hablar con ella).

Odio cocinar, y además me gusta menos porque creo que no tengo talento para ello. Si me vas a pedir que cocine algo, por favor, dame una Thermomix, que sin ella no soy nadie. Pero comer me encanta (creo que salta a la vista en las fotos). Me gusta todo, el dulce y el salado. Aunque era adicta al chocolate, resulta que con los embarazos le he tomado un poco de tirria, pero no importa, sigue habiendo bollos para explotarlos. Pero mi plato favorito, sin duda, es la tortilla de patatas de mi Lala. Y es que no era una tortilla al uso, ya te lo digo.

Siempre me dijeron que soy buena escuchando, aunque si te soy sincera, creo que tengo mucho por trabajar en cuanto a la escucha activa. ¡Pero ya estoy manos a la obra!. Hablar en público no es que me de miedo, aunque sí respeto. Creo que todos tenemos ese miedo escénico de los 5 minutos antes de salir al escenario. Pero una vez que salgo, miro a mi público y me lanzo. Y ojalá no pierda nunca esas “ganas de hacer pis” justo antes de salir. Ese día será mejor que me jubile.

Creo que mi habilidad oculta es el punto de cruz. Lo sabe muy poca gente, la verdad, y para qué engañarnos, lo hago taaan poquito…

Mi cantante favorito es Miguel Bosé. Bueno, más que mi cantante favorito, siempre fue mi amor platónico. Te juro que con 3 añitos planeaba casarme con él. Pero vamos, ahora sería feliz sólo con hacer un dueto con él de 3 minutos. Tres minutos de nada y me puedo morir tranquila (Miguel, si por un casual alguna vez llegas a leerme… dame tiempo para que ensaye, que no me quiero quedar muda)

Los mejores conciertos de mi vida los viví en mi etapa universitaria. Era una fan empedernida de Iguana Tango, y nos reuníamos todos los amigos de la facultad para ir a verles.

¿Y qué más?

Sobre el peor día de mi vida no voy a contarte mucho más, porque creo que ya has intuido cuál fue, ¿no? y no quiero que me asalte la tristeza. Prefiero alegrarme y agradecer el tiempo que pasé con Blas.

Y ahora viene una de las cosas que más me cuesta confesar: no tengo una mejor amiga. En mi vida siempre he sido de muy poquitos amigos y con la mayor parte de ellos he perdido el contacto, desgraciadamente. Pero eso es otra historia.

No podría decirte cuál es mi libro favorito. En serio. No puedo elegir… no me pidas eso, por favor. Pero el cuento que más me gustaba de pequeña era La Bella durmiente. Y no por la trama, sino porque la protagonista era la princesa Aurora. Aurora como mi madre.

He empezado hace poco a descubrir el mundo del vídeo, aunque la verdad es que sigo prefiriendo leer artículos. Ver vídeos me exige estar delante de la pantalla sin hacer nada, y yo así, me duermo, así que prefiero leer.

Hasta que llegué a la universidad era una buena estudiante. O lo que la educación tradicional considera una buena estudiante. Vamos, que sacaba buenas notas. En letras. En todo lo relacionado con las ciencias iba muy pero que muy raspada. Llegué a la universidad…  y pinché. No es que no me gustase la Comunicación Audiovisual, pero la verdad. Me aburría soberanamente. Así que me pasaba las tardes (y las mañanas) en la radio de la facultad, que era lo que a mí me gustaba de verdad y en la carrera ni se tocaba.

Si hay algo en lo que se me puede llamar friki es en la moda flamenca. Me encanta, me fascina, me alucina, me seduce, me abduce…

Y el último regalo que he hecho, lo he hecho a una pareja de buenísimos amigos, a los que les he hecho un conjunto de collar de lactancia, chupetero y mordedor para su bebé recién nacido con todo el cariño del universo. Creo que ha sido uno de los regalos que más he disfrutado haciendo. Ese, y el curso de instructora de BabySigning que es un regalo que me hice a mí misma y a mi bebé el verano pasado y que me está trayendo tantas cosas buenas.

Te he contado ya 49 cosas que seguramente no sabías sobre mí (bueno, al menos, no todas) y sólo me queda una, así que voy a contarte el sueño que tengo todas las noches. ¿Sabes qué me gustaría estar haciendo de aquí a 5 años? Me gustaría ser quien elija mis horarios, tener tiempo para mi familia, poder permitirme disfrutar de la vida y todo eso, trabajando en mi emprendimiento, en lo que me gusta.

Ahora, ¿me cuentas qué te gustaría estar haciendo dentro de 5 años a ti?

 

¿Has dado las gracias hoy?

Aunque ya había oído hablar de ello hacía tiempo, de la mano de Miriam Escacena, hace unos días estuve leyendo sobre el Diario de Gratitud

¿Sabes qué es el Diario de Gratitud?

Se trata de dedicarte unos minutos al día para agradecer todo aquello que te ha hecho mínimamente feliz durante el día. El diario de gratitud es un diario en sí mismo. Debes coger un cuaderno, el que más te guste, y buscar un ratito, cuando tú quieras: al final del día, o al principio, para dedicártelo a ti, para concentrarte en recopilar las cosas buenas que han pasado por tu vida ese día y dejar salir el agradecimiento por haberlas disfrutado.

Yo soy creyente y agradezco a Dios, pero tú puedes agradecer a la vida o a quien tú quieras.

Y hoy, tengo mucho que agradecer:

Hay días, después de la vorágine del día a día, del estrés, los nervios, las prisas… después de esas jornadas maratonianas y agotadoras, en que, cuando me siento sobre mi cama a dormir a mis niños, con mi niña tumbada a mi lado y mi bebé mamando en mis brazos, cierro los ojos y saboreo un ¡gracias!.

Agradezco a Dios tenerlos conmigo, tener dos niños inquietos, ruidosos, tercos, desobedientes. Sí, aunque eso choque frontalmente con mi estrés, mi prisa, mis limitaciones y mi cansancio. Agradezco tener dos torbellinos, dos huracanes, dos maravillosas tormentas, de esas que puede que durante algún tiempo no se puedan controlar, pero que cuando pasan dejan ese aroma a tierra mojada, esa luz especial, única e imposible de captar con una cámara, ese frescor en el verano…

Me siento agradecida por haberlos pensado, agradezco sus dos gestaciones y sus dos partos (porque, sobre todo el segundo, fueron siempre más suyos que míos, aunque míos también), agradezco los inicios difíciles de mi primera lactancia. Agradezco las grietas que me llevaron a mi grupo de lactancia, agradezco por las mujeres que conocí allí y que me abrieron la mente. Agradezco todo lo que trajeron consigo.

Y aunque a veces me cuesta, doy gracias por las carreras, las travesuras, su obsesión por los cuentos y cada uno de sus besos, sus abrazos y sus te quiero.

Les agradezco ser y elegirme.

Y sólo pido acompañarles muchos muchos años, disfrutarlos durante la mayor parte de sus vidas, verles crecer, por fuera y por dentro.

Porque soy millonaria en abrazos y en amor.

Soy inmensamente afortunada.

¿Y tú? ¿Me cuentas las cosas por las que te sientes agradecida hoy?

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¿Sabes por qué mi sueño se llama Las manos de Lala?

Quizá a mucha gente esto de «Las manos de Lala» no le dice nada, sin embargo, para mí es todo. Es lo que ha guiado toda mi vida desde que tengo uso de razón.

Hay dos mujeres que han marcado el curso de mi vida. Dos mujeres que son el espejo en el que me miro. La meta de todo lo que me gustaría llegar a ser.

Son mi abuela y mi madre, y las dos son Lala.

Pero es que las manos de (mi) Lala siempre fueron especiales.

Eran manos dulces, hacendosas, curtidas por el trabajo, ágiles… Manos que curaron, cuidaron, cosieron, cocinaron, hicieron dulces, arreglaron, consolaron, acariciaron, hicieron música, pero sobre todo, amaron. Amaron sin medida.

Las manos de Lala limpiaron cientos de heridas, asistieron muchas veces en el nacimiento y a la hora de partir, y dieron cientos de miles de puntos de los que salieron cientos de obras de arte.

¿Sabéis? «Lala», en el pueblo del que procedo, un pueblo pequeño encaramado en una roca en la provincia de Jaén (si quieres, lo puedes conocer aquí), es el apodo que se da a las abuelas. «Lala» significa «abuelita». Es más que mamá. Es doblemente mamá.

Pero es que ser «Lala» no es ser cualquier abuela. «Lala» es mucho más que un apodo. Si ser abuela ya es un plus, ser «Lala» es jugar en otra liga. A ser «Lala» no se llega por casualidad. Convertirse en «Lala»es el producto de un infinito acto de amor.

Lala es ella:

 

Ella era Adriana Delgado Calero. Mi Lala.

Lala una mujer excepcional, genial, única. Era fuerte y dulce, era sincera, divertida, inteligente y maravillosa. Natural como pocas personas podrías echarte a la cara. Pero sobre todo tenía un corazón que no cabía en la casa de grande que era. Todos los niños la apreciaban, todas las vecinas la querían. Para todo el mundo empezaba una labor de ganchillo. Sus brazos y su puerta siempre estaban abiertas. Siempre había un sitio en su brasero para el que entrase en su casa.

Me parece verla sentada allí, con las faldas de la mesa sobre las piernas, siempre con su aguja de ganchillo en la mano y su ovillo de hilo.

O en una silla baja, junto a la reja, en las siestas del verano, mientras la brisa agitaba la parra. O en la puerda, con su silla, charlando con las vecinas, sí, pero siempre su labor en la mano. O haciendo su tortilla, era y es única…

Pero sus manos, las manos de Lala, siempre en marcha, siempre haciendo algo…

Es gracias a ella que yo soy lo que soy.

Desde el día que nací y no se separó de mí ni un solo segundo, me enseñó tantas cosas…

Mis abuelos fueron gente de campo. Humilde, honrada y, sobre todo, muy trabajadora. Su historia está llena de piedras y obstáculos, pero su amor, un amor de esos de película, fue capaz de crecer sin descanso, superando una guerra, la desaparición durante meses de uno de ellos, la muerte de un hijo, accidentes, enfermedades…

Aprendí de ellos que todo lo bueno se obtiene con trabajo y constancia. Con su ejemplo me enseñaron a amar las cosas pequeñas. Me mostraron el valor de la justicia y la equidad.

Comprendí que es posible tener ideas contrapuestas y, aun así, tender al mano al de enfrente.

Y me llevé una lección muy valiosa, que nunca me explicaron con palabras, pero que siempre flotó en el ambiente: que es posible educar de otra forma, que quizá lo que se ha hecho toda la vida puede cambiarse,  que la base de todo es el amor y el respeto.

Lo único que lamento es no haber tenido más tiempo para sentarme con ellos y hablar de lo divino y lo humano.

Daría muchas osas por sentarme con mi abuela, con Lala, mientras hacía ganchillo y hablar. Hablar sobre sus partos, sobre lactancia, sobre crianza… incluso sobre política. Sé que una sola conversación más con ella me haría tan rica que no habría dinero en el mundo entero para pagarla.

Es por esto que mi proyecto personal tenía que llamarse así: Las manos de Lala. Mi proyecto tenía que hablar de todo eso que contaban sus manos. Tenía que ser un homenaje a ella.

Las manos, mis manos, ¡sus manos! son fundamentales para que este sueño pueda tomar forma. Trabajo con ellas cuando signo, cuando diseño, cuando bordo… y deseo que mis manos sean una extensión de las suyas. Que transmitan y regalen parte del amor que las suyas destilaban. Que cuiden como ella cuidaba.

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Cuando recojo a mi hija del cole, solemos hacer el trayecto de vuelta a casa hablando de lo que ha hecho durante la jornada.
Me cuesta un poco hacer que arranque a contarme su día, aunque este curso se le notan muchas más ganas de hacerlo que el pasado, así que voy preguntándole poco a poco, de lo más general a lo  más concreto, desde qué tal le ha ido el día y qué tal se lo ha pasado, hasta que empiezo a entrar en detalle sobre las rutinas del cole (la asamblea, el juego por rincones, quién ha sido el “ayudante” de su profe, a qué ha jugado, con qué profes ha estado, qué había para comer, qué han llevado sus amigos para el almuerzo…)
De repente encuentra un tema que le interesa y… ¡¡crack!! Empieza a hablar de ello sin parar.
A ella le llama mucho la atención que sus compañeros falten a clase, que se pongan enfermos, que tengan que ir a algún sitio o se vayan de viaje. Esto último le fascina. Quizá porque para este pasado verano le habíamos prometido viajar a la playa con sus primos y finalmente hubo que cancelarlo todo y no pudimos ni salir de Madrid.
Bien, pues un día hace algunas semanas, se escuchó ese “crack” en el que se abre y te empieza a contar lo divino y lo humano y empezó a contarme que una de sus mejores amigas (tiene muchísimos mejores amigos a los que, día sí y día también planea invitar a dormir a casa) se va a Italia.
Todo discurrió entre el “¡¡qué suerte, se va de puente a Italia!! Yo quiero irme también, ¿y si nos metemos en su maleta? ¿Crees que cabríamos?”

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Cuando su padre llegó de trabajar, por supuesto, le contamos toda la historia. Su padre, que es un enamorado de Italia (fue el destino de nuestro viaje de novios y ambos volvimos impresionados), estuvo contándole lo mucho que le gusta Italia, que a él le gustaría mucho ir, y que quizá algún día podríamos volver los cuatro juntos.
Poco a poco transcurrió la tarde, la hora de la cena, el baño, el momento de caos del pijama, el cuento… y como el bebé no se dormía a la teta, decidimos que yo le pasaba el bebé a él para dormirlo y yo me tumbaba con la mayor para hacer lo propio.
Y una vez que estuvimos tumbadas, ella abrazándome, sin luz, llegó este diálogo:

  • Mamá, ¿mañana iremos a Italia?
  • No, cariño, quizá algún día… Ir a Italia es muy caro, papá y mamá no tenemos tanto dinero. Te prometo que cuando tengamos dinero y podamos ahorrar, iremos los cuatro juntos a Italia de viaje.
  • No te preocupes mamá, yo sí tengo dinero. Os doy mi dinero y así ya podemos ir a Italia.

A mí se me partió el corazón entre el dolor de no poder darle lo que quisiera en cada momento y el orgullo de ver la niña en la que se está convirtiendo.
No es la primera vez que nos ofrece su dinero. Lo hace cada vez que le explicamos que algo no se puede comprar o que tenemos que esperar para tener algo.
Nosotros siempre hemos intentado educarla para que valore el dinero, pero también para que sea consciente de que es un bien muy difícil de ganar y para intentar que no comenta los mismos errores que hemos cometido nosotros.
Pero no solo el dinero, sino todas las cosas. Como padres, nos parece importante enseñar a cuidar las cosas y a respetar las pertenencias de los demás, así como sus decisiones.
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Por eso, nunca la hemos obligado a compartir.
Reconozco que me hace enfadar bastante cuando alguien le dice, a ella o al bebé, aquello tan típico de “trae aquí, que es mío”, “dámelo”, “¿por qué no me lo das? Pues si no me lo das, me pongo triste” (o su variante, “me enfado”). No digamos si directamente le quitan lo que tiene entre las manos…
No me gusta el consabido “hay que compartir”. ¿Seguro que hay que compartir? ¿Los adultos compartimos lo que es verdaderamente importante para nosotros siempre? Si alguien nos lo pide, ¿le damos confiadamente las llaves de nuestro coche o de nuestra casa, o nuestro móvil o, aún mejor, nuestra tarjeta de crédito?

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Sinceramente, no creo que obligar a los niños a compartir les ayude a aprender el valor de la generosidad. Y tampoco les ayuda a aprender a cuidar sus cosas ni las de las demás, ni mucho menos a respetar cuando el otro dice “no”.
Como decía, nosotros no obligamos a nuestros hijos a compartir. Si están jugando con sus cosas y otro niño las quiere, siempre les decimos que es mucho mejor jugar juntos que solos, que compartir puede ser muy divertido, pero que ella decide si quiere o no prestar sus cosas.
De la misma forma, cuando ella quiere usar las cosas de los demás, le explicamos una y otra vez que los demás son quienes deciden si le prestan sus cosas o no, que ellos son libres de decidir si quieren jugar juntos o no, y que si quiere jugar con otro niño, o utilizar sus cosas, primero debe pedírselo. Si accede, genial, y si no lo hace, lo debemos respetar.
No es una  enseñanza de un día, hay que explicarlo una y otra vez, incansablemente, pero a día de hoy, creo que empieza a dar sus frutos y estamos empezando a ver a una niña maravillosamente generosa, que valora las cosas y las decisiones de los demás y que disfruta compartiendo las suyas, aunque sean tan valiosas como el dinero (dinero que utiliza para darse caprichos como juguetes, disfrutar de juegos y atracciones y comprarse chuches -mal que me pese esto último-)
 
Y vosotros, ¿habéis utilizado alguna vez este recurso de no obligar a compartir? ¿Qué tal os va?
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¿Qué es el Baby Signing?

Si has llegado hasta aquí, seguramente te interesará conocer un poco más en qué consiste esto del Baby Signing.
Todos los bebés nacen con la necesidad innata de comunicarse. La comunicación es vital para la supervivencia del ser humano.
El ser humano es una especie «altricial». ¿Qué significa esto?
Para que la cabeza de un bebé pueda pasar por la pelvis humana, la naturaleza ha tenido que adaptar nuestra evolución, de forma que somos la especia animal que más inmadura nace. La mayoría de los mamíferos, cuando nacen, pueden ponerse de pie y caminar a las pocas horas de nacer, pueden expresarse con los sonidos propios de su especie… Sin embargo, los seres humanos, no.
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Nuestro cerebro (y buena parte de nuestro organismo) aún tendrá que continuar su desarrollo durante años. Empezamos a andar sobre el año, y más o menos a esa edad empezamos a balbucear palabras. Sin embargo, no somos capaces de usar el lenguaje con soltura hasta, aproximadamente, los tres años, no entendemos formas de comunicación como la ironía hasta los 6-7 años de edad…
Durante muchos meses, la base de la comunicación con el adulto será el llanto. Antes (y también después) de incorporar a su repertorio las miradas, los gorjeos, la sonrisa… el bebé, cada vez que tenga hambre, sed, sueño, el pañal sucio… llorará para expresar esa necesidad.
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Algunos padres son capaces de identificar exactamente qué le pasa a su bebé sólo con oír su llanto, pero lo cierto es que la mayoría de madres y padres tenemos que iniciar un repertorio de comprobaciones hasta dar con aquello que incomoda a nuestro retoño.
Y en muchas ocasiones, terminamos el repertorio y… el bebé aun así no se queda tranquilo. ¡Y acabas desesperada porque ya no sabes qué hacer para poder calmarle!
¿Te imaginas poder saber qué necesita tu bebé en cada momento?
Pues es posible, utilizando el Baby Signing.

Entonces, ¿qué es el Baby Signing?

El Baby Signing es una técnica de comunicación con los bebés a través de signos aprovechando el desarrollo de la comunicación gestual que se produce naturalmente a partir de los 6 meses de edad.

Y el bebé, ¿está preparado para expresarse a través de signos?

En todas las culturas, una parte muy importante de la comunicación, es la gestual. Aproximadamente el 80% de la comunicación humana no es verbal, sino gestual. Expresamos más con la mirada, con gestos faciales, con movimientos y posturas corporales o con las manos que con palabras.
Y los bebés no son ajenos a esto: durante muchos meses nos observan. Cómo les hablamos, qué gestos hacemos, qué significan nuestras expresiones faciales… y poco a poco van aprendiendo este sistema de comunicación. Verás que a partir de los 6-8 meses, tu bebé empieza a hacer gestos de forma «automática»: adiós, ven, te echará los bracitos…
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¿Por qué no aprovechar esta etapa para enseñarle a tu bebé signos que le ayuden a expresar sus necesidades y deseos básicos?

Bien, quiero signar con mi bebé, pero… ¿Qué signos le enseño?

Si hacemos una traducción literal del término «Baby Signing» podemos pensar que le estamos enseñando una lengua de signos a nuestro bebé. Sin embargo, esto no es del todo real:
Una lengua de signos posee todo un sistema (semántica, gramática…). El propósito del Baby Signing no es enseñar todo el sistema, sino utilizar signos aislados para afianzar y ayudar a la expresión de conceptos específicos.
Si intentásemos hablar con una persona no oyente utilizando el Baby Signing, resultaríamos un poco «como los indios»: «Yo querer a ti», pero nuestro propósito es ayudar a la comunicación básica, no enseñar todo el desarrollo de una lengua.
También podríamos inventar nuestros propios signos y hacer un «lenguaje» propio. Sin embargo, ya que estás enseñando a tu bebé a signar… ¿por qué no aprovechar para enseñarle signos de una de las múltiples lenguas que ya existen? Personalmente, creo que si le enseñamos estos signos, estamos sentando las bases para que en un futuro pueda entenderse, aunque sea de forma muy muy básica con la comunidad no oyente y para que posteriormente sea más fácil que en un futuro pueda aprender una lengua de signos completa.
Hace relativamente poco yo pensaba que la lengua de signos era universal y única para toda la comunidad no oyente. Me sorprendió descubrir que en muchos países se ha desarrollado una lengua de signos propia.
El Baby Signing empezó basándose en la lengua de signos americana. Podrías enseñarle a tu bebé signos de otra de las lenguas de signos, como la española. ¿Por qué la americana?
Personalmente me parece que los signos de la lengua de signos americana, o ASL, resultan muy gráficos, por lo que es muy fácil asociarlos al concepto que queremos enseñarle a nuestro bebé.
Además, es un puente para que el bebé conozca la palabra tanto en castellano como en inglés.
¿Y a ti? ¿Te apetece enseñarle a signar a tu bebé?
Cuéntame qué te parece.
Déjame un comentario aquí o en cualquiera de mis redes sociales, o envíame un mail, y cuéntame cómo puedo ayudarte.

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¡Hola!

Soy Nazaret León y estoy aquí para ayudar a muchos bebés a poder comunicar lo que necesitan. Si has llegado hasta aquí es porque tú también has deseado muchas veces tener una máquina para poder entender a tu bebé. Y la tienes: tus manos. La mejor forma de que me conozcas y compruebes cómo te puedo ayudar, es viendocómo trabajo, así que te invito a que te lleves un regalo para que puedas probar el BabySigning:

Los 3 primeros signos y las pautas imprescindibles para empezar a signar con tu bebé.

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